lunes, 1 de mayo de 2017

Para todxs aquellos que tenemos claro que somos nada más ni nada menos que trabajadorxs, vaya este texto a modo de celebración de nuestro día. 

Ahorcados. 

Por Hernán López Echagüe para La Columna Vertebral.
Todo comenzó el 1º de mayo de 1886, cuando la Unión Central Obrera de Chicago, de cuño anarquista, llevó adelante una huelga general y realizó una asamblea popular que reunió a cuarenta mil personas. En esos momentos, la mayor parte de los trabajadores estaba sometida a una virtual esclavitud: jornadas de catorce, dieciséis horas de trabajo. El paro fue total. 
Cuatro fueron las consignas que podían observarse en pancartas y banderas: los “Tres ochos” (ocho horas de trabajo, ocho horas de esparcimiento, ocho horas de sueño); “El voto para todos”; “Libertad, Igualdad y Fraternidad” y “Trabajadores de todo el mundo, ¡uníos!”.

Una movilización de seiscientas mujeres fue reprimida con inusual salvajismo por la policía. En los días siguientes, los actos y las protestas, y la rabiosa represión policial, se sucedieron por toda parte. Muertos, detenidos, allanamientos violentos e ilegales. Muchos obreros resultaron condenados a penas que oscilaban entre los quince años de prisión y la cadena perpetua.
Ante el tribunal que los condenó a morir en la horca, Auguste Spies, Albert Parsons, George Engel, Adolf Fischer y Louis Lingg hicieron oír su voz:
Dijo Spies: “Al dirigirme a este tribunal lo hago como representante de una clase, frente a los de otra clase enemiga. El veredicto y su ejecución no son más que un crimen maquiavélicamente combinado y fríamente ejecutado, como tantos otros que registra la historia de las persecuciones políticas y religiosas. Es la anarquía a la que se juzga. Yo me sentencio porque soy anarquista. Ustedes podrán sentenciarme, pero al menos que se sepa que estos hombres fueron sentenciados a muerte por creer en un bienestar futuro, por no perder la fe en el último triunfo de la libertad y la justicia”.
Dijo Parsons: “Yo, como trabajador, he expuesto los justos clamores de la clase obrera, he defendido su derecho a la libertad y a disponer de los frutos del trabajo. En los veinte años pasados mi vida ha estado completamente identificada con el Movimiento Obrero en América, en el que tomé siempre una participación activa. Se nos ha acusado ostensiblemente de asesinos y se acaba de condenarnos como anarquistas. Pues bien: yo soy anarquista. ¿Creen ustedes que la guerra social se acabará estrangulándonos bárbaramente? ¡No! Sobre vuestro veredicto quedará el del pueblo americano y el del mundo entero. Quedará el veredicto popular para decir que la guerra social no ha terminado por tan poca cosa”.
Dijo Engel: “¿En qué consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un orden social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones otros caen en la degradación y la miseria. Sus leyes están en oposición con las de la naturaleza, y mediante ellas le roban a las masas el derecho a la vida, a la libertad, al bienestar. No niego que he hablado en varios mitines, afirmando que si cada trabajador llevase una bomba en el bolsillo, pronto sería derribado el sistema capitalista. Esa es mi opinión”.
Dijo Fischer: “La historia se repite. En todo tiempo los poderosos han creído que las ideas de avanzada se abandonan con la supresión de algunos agitadores; hoy la burguesía cree detener el movimiento de las reivindicaciones proletarias por el sacrificio de algunos de sus defensores. Pero aunque los obstáculos que se opongan al progreso parezcan insuperables, siempre han sido vencidos, y esta vez no constituirán una excepción a la regla”.
Y Lingg, que había de suicidarse la noche anterior a la ejecución, dijo: “Yo repito que soy enemigo del orden actual y repito también que lo combatiré con todas mis fuerzas mientras aliente. Ustedes se ríen probablemente, porque estab pensando que ya no arrojaremos más bombas. Pues permítanme asegurarles que muero feliz, porque estoy seguro de que los centenares de obreros a quienes he hablado recordarán mis palabras, y cuando hayamos sido ahorcados ellos harán estallar la bomba. Los desprecio; desprecio su orden, sus leyes, su fuerza, su autoridad. ¡Ahorquenme!”.
En el mediodía del 11 de noviembre de 1887, fecha que con el correr de los años había de recordarse como el Viernes Negro, Spies, Engel, Parsons y Fischer, fueron ahorcados. Vestían una toga blanca. El cortejo fúnebre reunió a medio millón de personas.

(Fragmento del libro La política está en otra parte de Hérnán López Echagüe, Editorial Norma, noviembre de 2002)

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